Por qué Irán odia a Estados Unidos
El golpe anglo-estadounidense que condenó a Irán a 73 años de dictadura es solo una de las razones.
Dado el éxito de sus artículos combinando la historia y el presente de los conflictos de Oriente Medio en esta publicación (ver el sionismo antes de Israel, y Palestina antes y después de Israel) una vez más he pedido a uno de los autores con más experiencia en historia en Substack, El Último Orbe - Historia, que escriba sobre otro de los protagonistas de ese ensangrentado rincón de la Tierra. Para ello, ha dedicado muchas horas a una ingente investigación, en un texto divulgativo pero con rigor científico. Puedes visitar y suscribirte a su boletín aquí.
Un país entre imperios
Irán no llegó al siglo XX como una nación. Durante décadas, el Imperio británico y el Imperio ruso habían negociado sus zonas de influencia sobre un territorio que, soberano en teoría bajo la dinastía Qajar, funcionaba en la práctica como escenario de competencia imperial. El sur era zona británica; el norte, rusa. Por lo que las decisiones que afectaban a millones de iraníes se tomaban en Londres y San Petersburgo.
El petróleo transformó esa disputa en algo permanente. Cuando en 1909 se creó la Anglo-Persian Oil Company tras el descubrimiento de yacimientos en el sur del país, Irán dejó de ser simplemente un espacio geopolítico para convertirse en un activo económico de primer orden. Gran Bretaña obtenía beneficios extraordinarios, y el gobierno iraní recibía una parte mínima (algo parecido a los americanos en el Canal de Panamá, pero esa es otra historia).
Este contexto de dependencia, vivido durante generaciones y perfectamente visible para cualquier iraní educado de principios del siglo XX, es el suelo, la base y el contexto para entender mejor todo lo que vino después.
El golpe que lo cambió todo
El año clave fue 1951, cuando el parlamento iraní votó la nacionalización del petróleo. El primer ministro Mohammad Mosaddegh, elegido democráticamente y con apoyo popular masivo, impulsó la medida como un ejercicio elemental de soberanía económica. La Anglo-Iranian Oil Company perdería el control sobre la principal fuente de ingresos del país.
Nota: No fue el primer caso, había antecedentes. En 1937, el gobierno militar de Bolivia expropió los activos de la Standard Oil. Al año siguiente, el presidente mexicano Lázaro Cárdenas decretó la expropiación de las compañías extranjeras y creó PEMEX.
Gran Bretaña respondió con un boicot económico al petróleo iraní, y como tal medida no fue suficiente, acudió a pedir ayuda a Washington. En agosto de 1953, la CIA y el MI6 ejecutaron la Operación Ajax: un golpe de Estado organizado desde el exterior derrocó a Mosaddegh, lo encarceló y restableció en el poder al sha Mohammad Reza Pahlevi, que hasta ese momento tenía escaso control efectivo sobre el país.
“Para consumar el golpe, (el Director de la CIA) recurrió a Kermit Roosevelt Jr., nieto de Theodore Roosevelt y miembro clave de la CIA. Kermit Roosevelt llegó a Irán el 19 de julio de 1953 y rápidamente logró influir en la prensa sobornando a periodistas que luego difamaron a Mossadegh, acusándolo de ateo, homosexual o incluso de agente doble. Roosevelt también reclutó la ayuda del clero islámico, los mulás, pagándoles para que denigraran al Primer Ministro desde el púlpito. Se pagó a manifestantes para que provocaran disturbios. Roosevelt también convenció al Shah Mohammad Reza Pahlavi para que apoyara el plan, en parte sobornando a su hermana.”
—Tim Barnicle
La operación fue presentada por Washington como una medida defensiva frente a la posible deriva comunista de Irán en plena Guerra Fría. Para la mayoría de los iraníes fue algo más simple y más duradero: la demostración de que la democracia tenía límites precisos cuando afectaba a intereses económicos occidentales. Mosaddegh pasó el resto de su vida bajo arresto domiciliario.
El sha, la modernización y sus costes
Tras el golpe, EE. UU. encontró en el sha un aliado fiable en esa región: anticomunista, dispuesto a vender petróleo en condiciones favorables e integrado progresivamente en la economía occidental. Durante este período, la relación con Israel también prosperó. Irán fue uno de los primeros países de mayoría musulmana en reconocer al Estado israelí, y ambos desarrollaron una fuerte cooperación en materia de inteligencia, tecnología y energía. Para Israel, Irán representaba la llamada doctrina de la periferia: un socio no árabe que equilibraba la hostilidad del entorno árabe.
El sha impulsó la Revolución Blanca, un programa de modernización que incluyó reforma agraria, industrialización y expansión educativa. Pero esa modernización convivió con la SAVAK, la policía política creada con asesoramiento de la CIA y del Mossad, que ejerció represión sobre opositores de todas las tendencias: comunistas, islamistas, nacionalistas laicos... La contradicción no pasó inadvertida: un régimen presentado como modernizador que torturaba, con técnicas aprendidas de sus patrocinadores.
Cuando la sociedad iraní alcanzó su punto de ruptura a finales de los setenta, lo hizo de una forma que desconcertó a los analistas occidentales que llevaban años informando sobre la estabilidad del régimen.
La revolución y el corte
En 1979, la revolución derrocó al sha. Lo que siguió fue la confluencia de fuerzas muy distintas (religiosas, marxistas, nacionalistas) unidas por el rechazo a un régimen que había identificado su propia supervivencia con la de sus patrocinadores externos. El ayatolá Jomeini leyó ese momento mejor que nadie, y la República Islámica que emergió no respondía exactamente a lo que muchos de sus aliados iniciales habían imaginado.
Para Estados Unidos, fue una catástrofe sin precedentes en la región: perdía su principal aliado en el Golfo de la noche a la mañana. La crisis de los rehenes (444 días con 52 diplomáticos estadounidenses retenidos en la embajada de Teherán) convirtió la ruptura en enemistad declarada y definió durante décadas la percepción mutua.
Para Israel, la pérdida fue igualmente profunda. El nuevo régimen no reconocía al Estado israelí, entregó la antigua embajada israelí en Teherán a la Organización para la Liberación de Palestina y adoptó la causa palestina como elemento central de su política exterior. La alianza de la periferia había llegado a su fin.
Lo que durante décadas había sido una relación de dependencia y colaboración se transformó, en el transcurso de unos meses, en uno de los ejes de tensión más duraderos de la política internacional contemporánea.
La guerra, la intervención y el vuelo 655
En 1980, Irak invadió Irán. Saddam Hussein calculó que la revolución había debilitado al ejército iraní y que el nuevo régimen era vulnerable. El conflicto que siguió duró ocho años y dejó entre quinientos mil y un millón de muertos, una cifra que convierte a la guerra Irán-Irak en uno de los conflictos más mortíferos de la segunda mitad del siglo XX y uno de los menos presentes en la memoria histórica occidental.
Estados Unidos no fue neutral, como iba a serlo... A medida que la guerra avanzaba, Washington se inclinó hacia Irak, suministrando inteligencia de satélite, armamento y apoyo diplomático. La administración Reagan sabía que Irak utilizaba armas químicas contra posiciones iraníes y no interrumpió el apoyo. La lógica era la misma de siempre: contener a Irán tenía prioridad sobre cualquier otra cosa.
En ese contexto se produjo uno de los episodios más graves y menos recordados del período. El 3 de julio de 1988, el crucero estadounidense USS Vincennes derribó el vuelo 655 de Iran Air sobre el estrecho de Ormuz. Murieron las 290 personas de a bordo, en su mayoría civiles iraníes que viajaban en una ruta comercial regular. Washington alegó un error de identificación; y el comandante del barco de guerra acabó recibiendo una condecoración.
¿Cómo se construye cualquier tipo de relación con un país que nunca reconoció plenamente la gravedad de haber matado a 290 de tus ciudadanos?
Nuclear, sanciones y el eje regional
La República Islámica desarrolló durante las siguientes décadas dos instrumentos de proyección de poder muy distintos. El primero fue el programa nuclear, presentado oficialmente como proyecto de energía civil pero interpretado por Israel y Occidente como una amenaza en desarrollo. El segundo fue la construcción del llamado Eje de Resistencia: una red de alianzas con Hezbolá en el Líbano, con facciones palestinas como Hamas y, más tarde, con los hutíes en Yemen.
Las sanciones internacionales dañaron seriamente la economía iraní pero no produjeron el cambio de régimen que algunos esperaban. El acuerdo nuclear de 2015, el JCPOA, fue el intento más serio de reconducir la situación por vías diplomáticas, bajo la administración de Obama, con fuerte apoyo europeo. La retirada unilateral de Estados Unidos en 2018 bajo la administración Trump devolvió la dinámica a la lógica de presión máxima. Israel, por su parte, llevó a cabo durante años una campaña encubierta de sabotaje: ataques selectivos contra científicos nucleares iraníes, el virus Stuxnet que dañó centrifugadoras en instalaciones clave, y operaciones de inteligencia que Teherán atribuía al Mossad.
La enemistad había dejado de ser solo teórica para convertirse en un conflicto activo de baja intensidad, librado principalmente en las sombras. Un ejemplo de “guerra híbrida”.
Todo se rompe
Durante décadas, Irán e Israel mantuvieron su enfrentamiento a través de intermediarios y operaciones encubiertas, sosteniendo una lógica de negación que permitía escalar sin asumir formalmente las consecuencias. En abril de 2024, tras un ataque israelí contra instalaciones iraníes en Damasco que mató a varios altos mandos de la Guardia Revolucionaria, Irán lanzó por primera vez un ataque directo (más estético, para consumo interno, que real) contra territorio israelí: más de trescientos drones y misiles, la mayoría interceptados. Israel respondió con un ataque de menor escala contra instalaciones en Isfahan.
Lo que durante años se había mantenido en el nivel de la guerra encubierta se convirtió, al menos temporalmente, en confrontación entre Estados.
El trasfondo era el conflicto en Gaza, iniciado tras los ataques de Hamas del 7 de octubre de 2023. La red del Eje de Resistencia se activó en múltiples frentes: Hezbolá intensificó los intercambios en el norte de Israel, los hutíes interrumpieron rutas comerciales en el mar Rojo, y las milicias proiraníes en Irak y Siria atacaron posiciones estadounidenses en la región.
La guerra de los Doce Días
En junio de 2025, Israel lanzó un ataque masivo por sorpresa contra Irán. Las aviaciones de Israel y de Estados Unidos atacaron instalaciones nucleares iraníes y eliminaron a gran parte del liderazgo militar iraní. Irán respondió con misiles sobre Israel y atacó la base aérea estadounidense de Al Udeid en Qatar. El conflicto duró menos de dos semanas: el 23 de junio de 2025, Trump anunció un alto al fuego que puso fin a lo que él bautizó como la «Guerra de los Doce Días».
El alto el fuego paró los combates pero no resolvió nada.
El 28 de febrero de 2026
La ruptura total llegó ocho meses más tarde. La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán dio inicio el 28 de febrero de 2026 con una serie de bombardeos aéreos sobre varias ciudades de Irán llevados a cabo por sorpresa, mientras estaban en curso negociaciones diplomáticas entre Estados Unidos e Irán. Poco antes del ataque, Irán había declarado públicamente su disposición a entregar su uranio enriquecido y permitir visitas del OIEA a sus instalaciones nucleares. El país no olvidaría nunca que se aprovechó las negociaciones para ser atacados.
Las consecuencias fueron inmediatas y de gran alcance. Irán respondió lanzando misiles y drones contra Israel y bases militares estadounidenses en Baréin, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania e Irak, e impuso un cierre selectivo del estrecho de Ormuz. Entre las bajas más significativas del conflicto, los ataques resultaron en el asesinato de Alí Jamenei, el líder supremo iraní, y de otros altos mandos.
El cierre del estrecho tuvo consecuencias económicas globales inmediatas. Los precios del petróleo superaron los cien dólares por barril, y el aumento de los precios de la gasolina (de 2,98 dólares por galón cuando comenzó la guerra a más de 4,50) está costando decenas de miles de millones de dólares a los consumidores estadounidenses. El conflicto ha dejado de ser un asunto regional para convertirse en una perturbación económica global.
El daño militar también fue mayor de lo que Washington admitió públicamente. Imágenes satelitales analizadas por el Washington Post revelaron daños en al menos 228 estructuras o piezas de equipo en 15 bases militares estadounidenses en Oriente Medio, mucho más de lo reportado oficialmente.
Una guerra sin plan claro
Una de las características de este conflicto es la ausencia de objetivos definidos por parte de quien lo inició. El gobierno estadounidense lanzó el ataque contra Irán sin un plan claro, ni un plan B, y sus miembros, incluido el presidente Donald Trump, han ofrecido diversas y cambiantes razones para la guerra, entre ellas la de evitar una amenaza inminente, destruir capacidades militares, impedir que Irán obtenga armas nucleares y, en última instancia, lograr un cambio de régimen.
“Esta no es la llamada guerra de cambio de régimen... pero el régimen sí cambió”.
—Pete Hegseth (secretario de Defensa de EEUU)
Las Naciones Unidas y varios países no involucrados en el conflicto, incluidos China y Rusia, condenaron los ataques por socavar la estabilidad de Oriente Medio. Más significativo aún: el Organismo Internacional de Energía Atómica declaró, tras los ataques, que no había indicios de desarrollo activo de armas nucleares por parte de Irán. La justificación principal para la guerra más grave en la región en décadas fue desmentida por el organismo internacional competente.
A mediados de mayo de 2026, el conflicto se encuentra en una fase de negociación tensa y frágil. Hasta ahora, los esfuerzos por llevar a ambas partes de nuevo a la mesa de negociaciones han fracasado debido a puntos clave de desacuerdo, entre ellos la exigencia estadounidense de que Irán entregue su arsenal nuclear y las exigencias de Irán de que Estados Unidos levante las severas sanciones económicas y pague reparaciones por sus recientes ataques. Algunos analistas piensan que Irán a aprendido mucho del pasado y de Trump, y que alargar la incertidumbre le posiciona con ventaja.
Una enemistad con historia
Comprender lo que está ocurriendo en 2026 exige reconocer que ninguno de los tres actores llegó a este punto por casualidad ni por hostilidad basada en un mero “calentamiento” del momento.
Estados Unidos intervino en la política interna iraní en 1953, sostuvo durante décadas un régimen que necesitaba la represión para sobrevivir, armó al adversario de Irán en una guerra devastadora, nunca rindió cuentas por el derribo de un avión civil con 290 personas a bordo y, en febrero de 2026, lanzó una guerra mientras se negociaba un acuerdo diplomático. Israel pasó de ser socio estratégico a enemigo declarado en el transcurso de una revolución, construyó durante décadas una campaña de sabotaje encubierto y finalmente participó en los bombardeos que mataron al líder supremo iraní. Irán, por su parte, construyó una red de proyección regional que sus adversarios perciben como amenaza, desarrolló un programa nuclear que generó desconfianza y respondió a cada escalada con misiles sobre bases militares y el cierre del paso energético más estratégico del mundo.
La memoria del golpe de 1953 no tiene el mismo peso en Washington que en Teherán. La amenaza que representa el programa nuclear iraní no tiene la misma densidad en Teherán que en Tel Aviv. Cada actor opera desde una experiencia histórica que el otro prefiere no reconocer.
Lo que comenzó como competencia imperial por el petróleo en el siglo XIX, pasó por un golpe de Estado organizado desde el exterior, una revolución, ocho años de guerra, cuatro décadas de conflicto encubierto y dos guerras abiertas en menos de un año.
Bibliografía
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